Retorno hacia la Nada

Resulta complejo comenzar algo, pero creo que eso ya lo escribí en un principio hace mucho tiempo en el cual no conocía las precipitaciones que acarrea la existencia misma. Cuando de repente desaparece algo sentimos el vacío de su ausencia, sin embargo no diré que el tiempo se encargue de nada; es la simple lógica con su razón no es nada más, no hay que hacerse grandes expectativas al respecto. Se anda en la búsqueda anhelante de alguien más que se apropie de las decisiones para luego echar la culpa de sus errores a un tercero y lograr los falsos aplausos de un público sin criterio. ¿Pero qué criterio se requiere para aplaudir la mediocridad de un personaje sin fundamento ni libreto, que no representa bien ni su propia mentira? La verdad es que yo tampoco tengo criterio alguno, vivo de criticar y señalar el complejo de los otros para esconder mi propio miedo, sin fundamento ni libreto; sin lógica o razón. Se pasa demasiado tiempo en las sombras, observando y analizando todo acontecimiento de la vida que se presta para ello sin chistar. Cada quien pasa sus ratos como mejor prefiere, algunos acumulan amargura, otros despilfarran el amor y entonces justo ahí se cruzan los seres con sus increíbles e inexorables experiencias, para intercambiar y recrear con el otro sólo una escena más. Es inevitable no plasmarse en las palabras que se dicen, como son ineludibles las manchas de la realidad que buscamos esquivar sin éxito.

De la trascendencia de las palabras que con angustia buscamos para expresar lo que tenemos por dentro, se pasa a la contundencia de los hechos que resultan revelar claramente cómo son las cosas. No interesa en lo más mínimo cuanto se esfuerce en adornar cada evento con frases rebuscadas o expresiones traídas de los cabellos de Venus o de no sé donde, el asunto es que todo cambia con el transcurrir de los sucesos, no del tiempo; la humanidad pasa bastante sin un hecho relevante o significativo hasta que tiene una revelación en fracción de segundos, alguien le llamó a eso epifanía, pero yo creo que simplemente es dejar de hacerse el ciego y observar con claridad.

Todo lo que empieza debe terminar, no hay nada más que agregar.

Así la vida con su muerte lo revela cada puto día, en un principio con el alba y luego el ocaso, cuando inicia el conteo en 00:00 hasta las 23:59 y eso es todo, así todo lo demás.

Con el abrazo también la despedida y entonces alguien dice: -tú cambiaste.-

Pero que esperan, por supuesto que cambió. Todo debe cambiar y concluir sólo por salud mental, no imagino tener que usar pañal y babero a perpetuidad o encontrar al mismo pendejo de pie en esa esquina sin nada más que agregar hasta la eternidad. Lo que en un comienzo parece maravilloso termina por desembocar en profunda irritación porque todo es idealización. En el intento por encantar al otro se dicen bastantes mentiras, de otra manera no lograríamos ni un buen saludo, nos vendemos tan bien que cuando terminan por descubrir lo que somos todo se desvanece como si jamás hubiera sucedido. Creo que moriré y no comprenderé si el asunto radica en mí o en todos los demás, o acaso somos todos una manada de idiotas que nos negamos a entender que no existimos para complacer a nadie más que ha sí mismos, pues quien busca aprobación en los otros sólo pierde el poco tiempo que tiene. En conclusión no sé absolutamente nada, pero segura estoy de que quisiera saber algo más que especulación, divagación y delirio ya que al final siempre me quedo en la nada.

Introspección

Cuando no se sabe que decir es posible improvisar. La disyuntiva nace cuando toca argumentar, ahí se viene todo al suelo porque se ha vendido la idea de ganar ante cualquier situación, no importa por qué o para qué o con qué finalidad: lo único que importa es vencer al otro hasta dejarlo callado, ya sea alzando la voz, yéndose a teorías inexplicables, confundiendo con términos inventados o aniquilando con diplomas comprados. De eso saben bastante los iletrados genocidas que manejan las industrias, las religiones, las guerras, los estados, el mundo entero y ahora hasta la paz con su letal y cultivada vivacidad de hombre destructivo, nocivo y dañino de alma abortada. Etc.

… Y palabras sin sentido. 

Así como casi todo lo demás en la inmensa oscuridad de las búsquedas irresolubles.

Siempre lo escribo, lo digo y repito hasta mi propio cansancio: las palabras no sirven de mucho si es que no se logra traspasar el umbral de la ingenuidad en la repetición de los mensajes que estamos destinados y sujetos a llevar, traer, guardar, y hasta transgredir con esta mente medio inútil ¿por qué no decirlo? para finalmente entregar en sus manos a quien corresponda. Algunas veces es un mensaje a nuestra propia verdad que no llega a feliz término. La vida en su ir y venir de sentires y ante todo confusión. ¿Cómo no?

No se entiende muy bien por qué nacimos, qué hacemos aquí, cuál es el sentido, para qué, cómo, a quién le interesa. Esta maquinaria defectuosa, maloliente y con retraso de producción no da vivos reflejos de ser una herramienta para algo más grande, porque si nosotros no somos nada para qué planetas, galaxias, estrellas, células, moléculas y todo lo demás; ¿qué puede significar eso frente a nuestra pobre insignificancia de no ser nada? Que todo es nada y nada es todo no es una frase con mucha lógica cuando no comprende uno ni para qué se levanta cada vez que sale el sol. 

Al azar

Yo no sé escribir. Yo no sé hablar. Pienso.

No se trata de aferrarse a un concepto, se trata de encontrar un lenguaje propio con la información que está grabada en el mundo.

No puedo tener una vida para poseer, vivo para liberar.

Las palabras no sirven de mucho cuando no logran traspasar el umbral del delirio.

Cómo será el después, cómo vendrá el luego del después del mañana, del pasado del presente, del ahora de la nada, de la utopía de una realidad idealizada que se queda corta a los sinfines extravagantes de la imaginación.

Las promesas de amor son tan falsas e improbables que podría llegar a compararlas con la reconciliación, la paz mundial y el final de la guerra; porque claramente: todo el mundo habla de paz pero nadie se compromete, ni siquiera con la vaga idea de una paz interior.

Dónde se puede romper con el circulo perfecto de la realidad y la no realidad del mundo de la contradicción, la confusión y la conclusión de saber que finalmente no se sabe nada, que somos frágiles e inútiles para cambiarnos a nosotros mismos.

Mentiras y verdad, el matrimonio idealizado.

Los discursos no tienen ningún valor para mí. Qué me importan las elucubraciones de un idiota que no tiene idea de quién es, por qué, para qué, cómo, cuándo, dónde, etc (?) Quizá ya sean demasiadas incógnitas a despejar, pero el asunto radica en prestar atención a aquello que nadie presta atención. Yo también traigo un sermón, sin embargo hay una diferencia trascendental en esta causa específica: lograr el puente entre la misión y el individuo. Cuando digo misión, refiero mi visión a una perspectiva amplia, universal, cósmica de desarrollar el individuo (el ser, el uno, el todo, la nada) a su máxima potencia en pro de evolucionar el proceso conjunto de esta raza egoísta, perezosa, mediocre e inútil, pero con fe; la fe de la existencia ante cualquier verdad.

Cuándo fue que se acabó la paz y comenzaron las guerras.

Justo en el comienzo se puede vislumbrar el final; tantos comienzos he tenido oportunidad de contemplar que la costumbre me muestra insondable la lógica del desenlace que simplemente es el último en una serie de pasos. Gracia me inspira ese apego y esperanza ingenua que se arraiga en los seres por la incertidumbre del desenlace y evidente culminación de lo que sea (al diablo con la causa, todas y cada una dan exactamente lo mismo dado que nadie se detiene a la reflexión de la acción) y entonces llega la muerte, los abandonos, las quejas, la solución apresurada a eventos irresolubles y el cuestionamiento infinito de la humanidad frente a la perpetua náusea amarga de ignorancia altanera, siempre esperando que el final lo resuelva todo, que les entreguen bien masticado el sumario de aquello que no les dio la gana entender.

Cuando sale el sol, culmina la oscuridad de la madrugada y la larga noche. Cuando se oculta el sol, termina el día y la luz para dar cabida al surrealismo del incomprendido sueño. Y sin embargo esto no responde, no significa nada, no resuelve, no sirve, no dice, no pregunta, no hace mella en nuestro ser de buscar una vida mas allá de la cotidianidad de la rutina de saberse nadie en un mundo de poderes, de sentimientos vendidos, de prioridades enterradas, no puede ser posible que no exista otra razón para levantarse que hacer dinero y tener cosas sólo para empeñar la poca calma que es posible hallar en medio de esta inmensidad de tristeza, desolación y demencia irracional que nos vendieron por existencia absolutista de derrota.

Buon Viaggio

Absorto, presionó el botón de inicio y rezó porque el horno microondas diera por finalizado el perpetuo conteo de la espera, calentando por quinta ocasión los inmundos spaghettis en salsa bolognesa; que resultaban ser en el instante justo de la demencia, lo único honorable que se dignó a realizar en toda su decepcionante e inservible vida.

Ahora, después de treinta años comiendo la misma mierda, solo a eso podría saberle: la existencia y esa porquería que había en el plato. Por fortuna, ya no soportaría mas esas cenas llenas de amarguras, soledad e infinita desesperanza que no acaban jamás, haciendo eternas las noches y las madrugadas interminables torturas de alfileres en los ojos y puñales bajo la piel. 

Se incorporó levantando su compungido rostro del vaso de vino y observó detenidamente el temporizador. Pensó que el frio inhóspito de la muerte, acariciaba con ternura su espalda húmeda: restaban sesenta segundos. Con un arrebatado y torpe impulso brinco de la banca tomando el vaso, y bebiendo de un trago su contenido, tropezó manchando al fin, tristemente, la hermosa camisa color marfil que Doña Leonor planchara con tanto entusiasmo veinte minutos atrás. No fue capaz de probar el vino en la hora y media que permaneció servido sobre la pequeña mesa a la entrada de la cocina.

Seguro era, que no tenía buque alguno.

Seguro fue, que solo le supo a monedas; las monedas que cobra la vida cuando literalmente te tiras el tiempo.

Cada día de su vida ha sido un terrible accidente, y ahora, tan cerca del fin ha comprendido que todo este asunto de vivir, quizá si era con su persona. Toda decisión se dejo como última alternativa metida junto a la osadía y el arrojo, en un baúl enterrado no se sabe dónde. Determinar no era lo primordial ni en lo reflexivo, o en lo fundamental, o siquiera en lo vital; decidir creaba en su trágica vida una debacle más.

Ya era tarde, pero siempre fue demasiado tarde. Desde un principio, el tiempo y el universo entero marcharon en su contra, procurándole una realidad abrumadora. O tal vez solo su lentitud, indolencia y apatía repitiéndose cada día: -mañana será.-

Pero el mañana no llegó; y ya no llegará. Así la situación, es aceptable dentro de lo ridículo que el momento fulminante lo indicara ese maldito horno viejo. Un viaje a la eternidad, a la nada, cielos, infiernos, miseria, dicha o basura; lo averiguaría de una vez y descubriría el secreto de la vida que tanto buscan todos.

–Todo se quedará a oscuras. La duda me seguirá por siempre: posiblemente esa sea la única y verdadera respuesta.-

 -Y alguien me espera, no sé quien, no sé por qué, pero me castigará; quiere mi explicación para reprochar mis actos y enjuiciar mi ineptitud.-

 -¿Y si se fuera la luz?-  

-¿Qué sería correcto?-  

-¿Debería reiniciar?-  

-Pero. Eso no sería lo mismo.-  

-¿Seria esta una señal de alguna cosa en el mundo?-

Cierto es, que su locura no tenía limite. También que su falta de coraje y su exceso de cobardía le habían cagado en vida. Porque quitarse la vida y cortar la energía, no es un hecho aislado del cual deba llevar el cronometraje un electrodoméstico en la cocina.

El recuerdo: amante ya aborrecido que le impidió pensar, dormir y soñar.

Los sueños: inútiles instantes de estupidez, que reflejaron su mediocridad para vivir sin desesperar. Su ansiedad aumentaba con cada segundo que restaba. Diez segundos: tocaba la canción de ronda infantil, que sonaba incesante cada tarde en el parque que vio morir su añoranza. 

El cañón era notablemente grande y el sabor a pólvora en la lengua le causaba vértigo; mejor vomitaría y luego se dispararía. Pero ya no alcanzaban sus segundos. 

El tiempo acabo, el horno pito y los sesos de Federico Villa se estamparon en la persiana, escurriendo lenta y pegajosamente por la pared. La lúgubre cocina había quedado como una obra post vanguardista del terror, creada desde la tumba misma de un artista macabro, cruel, surrealista y enfermo, que no encontraba como sacarse ese payaso del bolsillo. ¡Que perla; que belleza!

Un grito quebró el silencio. Una bandeja cayó, junto a ella Doña Leonor con el colorido espectáculo que ofreció en primicia su hijo ante sus ojos. En la mesa, el viejo vaso de mermelada vacío y una nota apenas legible: BUON VIAGGIO. 

De: Cuentos siniestros para dormir en paz.

A posteriori del Recuerdo

¿Cuánto podía pensar en lo mismo? ¿Cuánto tiempo más podría seguir fumando recuerdos, entre los porros y los cigarrillos que no alcanzaban nunca; a dónde llegarían los recuerdos del recuerdo que mutaba corrompidamente en la memoria? —Recuerdo: imagen de origen desconocido, que va sin rumbo fijo por la demencia de la ociosa mente humana.

Cuando se abrió la puerta era exactamente lo mismo que había dejado tiempo atrás. La pregunta en el baño, el trago en la copa, las palabras rotas sobre la mesa, los ligueros en el diván y la misma locura danzando en la repisa junto a la ventana. Nada se movía de lugar. Nada trascendía ya.

Sólo los murmullos que recordaban toda esa cosa que creía ya olvidada; pero eso precisamente, era lo único que no lograba hacer: olvidar.

De tanto en tanto procuraba repetir lo irrelevante que resultaron aquellos furtivos besos. Procuraba. Era inútil y vergonzante intentar borrar de las entrañas mismas, esa marca irrefutable de esos desconcertantes encuentros. El tiempo pasa sin premura manchando las páginas de alas rotas, que se hunden en inmediaciones de la nostalgia y la melancolía.

Recordaba. Recordaba la cabeza, esa cabeza llena de mucho y falta de todo que colgaba de la médula sobre la enorme estancia, rodeada de alelíes y tulipanes, en donde los aromas se mezclan confusos con los corazones desvencijados que llegan a su encuentro, cayendo como cucarachas por el veneno de las palabras. Todos los días, con cada individuo, en el lugar exacto, tomando lo mismo y exhalando sus burdas mentiras de siempre. Que más se puede pedir cuando la vida es al final, un sinnúmero de momentos llenos de nada, que condimentamos con anécdotas utópicas de ilusiones estoicas.

Caminamos, y si que tropezamos con las mismas piedras, con las piedras que añoramos, por temor a dejarlas en el olvido; esas que nos tallan en el zapato, y sobre todo en el alma. Esas heridas que disfrutamos y que viven en cada ápice de nuestra humanidad. Llegaremos a ser el héroe, si es que en verdad lo queremos (aunque sea un segundo en algún sueño), y si antes nuestros traumas no terminan aniquilándonos por completo. Bien equivocado está el ser humano cuando recalca en su racionalidad, lógica e inteligencia, pues ninguno comunica con claridad lo que busca obtener al molestarse en el intento por explicar. Tal vez la próxima vez que quiera hacerme entender con mi prójimo, le diré con voz altanera y mirada retadora: – el plan es que de ahora en adelante haré lo que me dé la gana sin estar cuestionándome a raíz de tu opinión, si me sigues bien, y si no muérete; me da igual. – Eso sí que suena bellísimo. Después reventare en un par de adorables y sonoras carcajadas, para anular la tensión; —eso a veces funciona.

“Siempre me fue mal con las confesiones, pero siempre me arrepentí por no confesar.” Con estas palabras terminaba uno de esos mensajes complejos, que escribí a alguien, no sé qué día. Y en donde entregué complaciente mi hermosa cabeza, de cara sonriente, en una vieja y oxidada charola, que fuese arrojada inmediatamente después al fuego. Me ruborice mil y un veces, releyendo las palabras que dilapidaron mi coherencia frente al receptor. Supongo, que este ha de ser uno de mis mayores padecimientos a través de la vida, y es probable que aun así, no mantenga la boca cerrada. Es indiscutible, el que muy pocos puedan callarse (por si las moscas), cuando la mayoría de cosas que se dicen vienen con un impulso de vómito, y el irrefutable olor a excremento, empaña el ambiente; ya que la mierda no sólo sale por el trasero.

La mayor parte del tiempo, somos hipotética y literal mierda: piénselo usted. En lo que creemos saber sobre nosotros y los otros. Lo que se desea, lo que se imagina, lo que se idealiza, lo que se hace, lo que se vive, lo que se aprende, lo que se siente, y lo que se predica, realizando exactamente lo contrario; convirtiendo todo lo demás en una pérdida de tiempo, (y nos preguntamos descaradamente por qué las cosas no cambian). —Ya los intestinos también hablaran por mí para interceder a mi favor. Los recuerdos no son más que otra pieza de nuestro desordenado rompecabezas de ideas. No comprendo que tanto anhela recordar la gente; cada quien recuerda lo que quiere y lo que le conviene recordar. De ahí: las grandes historias acerca de sucesos fantásticos, horrendos, de amor y delirio que jamás tuvieron lugar, y simplemente pasaron por el absurdo uso que se le da a la imaginación. Me empeño en comprender la necesidad, que todos buscamos de excusar nuestros múltiples errores; lo que no logro superar, es la necedad de querer culpar a todos los que rodean nuestro ser, por nuestra ineludible estupidez.

De: Relatos Malvivientes

De fragmentos

Somos un viejo libro roto, arrastrado, y lleno de palabras vacías. Con un comienzo confuso, un nudo absurdo y un desenlace digno de la descarada insignificancia de no entender una sola mierda de la vida, vegetando al lado del camino con la mirada perdida, el pensamiento secuestrado y pisando nuestro propio cuello por el miedo a pensar por nosotros mismos. No es más que basurita volando al viento este tiempo en espera por el futuro. Qué significa el fruto jugoso tan anhelado del futuro, a quién se le ocurrió que el mañana podía traer consigo la realización idiota de la idealización presente, concretar qué con la confusión actual (?) No existe algo más contradictorio que desconfiar de los demás cuando no se tiene una fe en sí mismo, qué se puede esperar de la fidelidad del otro cuando no se es poseedor de un amor propio, de un universo personal que satisfaga nuestras ansias de existir. Esta filosofía del terror a salir de los parámetros establecidos nos tiene en una fosa podrida de sueños irrealizados y tradiciones maniacas asfixiando toda posibilidad de desarrollo individual. Cuando no hay un control hacía sí mismo es fácil suponer que la rienda penda de cualquier porquería que nos rodee como las modas, los medios, el consumismo, el entretenimiento y la temible soledad en medio de tantos seres igual o peor de perdidos que uno. Todos desconocidos hasta ese personaje atrapado en el espejo que comparte nuestra imagen.